La inteligencia artificial ha transformado la velocidad y el coste de procesar información financiera. Sin embargo, el behavior gap, como se conoce a la brecha entre la rentabilidad del mercado y la que captura el inversor real a causa de sus sesgos conductuales, se mantiene tan amplia como hace décadas. La pregunta ya no es si integrar la IA en los procesos de inversión, sino cómo hacerlo sin que juegue en contra del propio gestor.
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