Dinero con propósito: así está cambiando la inversión de impacto la cultura del ahorro en España

Miguel Angel Rodriguez, BeHappy Investments
Foto cedida.

Miguel Ángel Rodríguez Caveda, CEO de BeHappy Investments, defiende que el ahorro está dejando de ser un gesto pasivo para convertirse en una herramienta activa de transformación. En un contexto en el que los inversores buscan coherencia entre sus valores y sus decisiones financieras, la inversión de impacto emerge como un motor que une rentabilidad y propósito, marcando un cambio estructural en la cultura del ahorro en España.

Durante décadas, ahorrar fue sinónimo de guardar. Guardar para el futuro, para los imprevistos, para la jubilación. Era un gesto prudente, casi instintivo. Pero algo ha cambiado. Cada vez más personas no se conforman con que su dinero esté a salvo: quieren que haga algo útil mientras esperan. Quieren que su ahorro no solo crezca, sino que deje huella.

Esa nueva mentalidad está redefiniendo la cultura financiera en España. El ahorro deja de ser pasivo para convertirse en una forma activa de construir el futuro. Y en ese cambio, la inversión de impacto ha pasado de ser una novedad financiera a consolidarse como una de las grandes tendencias globales.

El crecimiento de los activos gestionados

Según el Global Impact Investing Network (GIIN), los activos gestionados bajo este modelo alcanzaron los 1,57 billones de dólares en 2024, con un crecimiento medio del 21% anual desde 2019. España no se queda atrás: SpainNAB y Esade Center for Social Impact cifran el volumen nacional en 1.517 millones de euros, un 26% más que el año anterior. Es una cifra modesta comparada con otros países europeos, pero refleja un movimiento firme y, sobre todo, irreversible.

El GIIN identifica tres claves que explican este impulso: la profesionalización del sector (con métricas más rigurosas y transparencia real); la irrupción tecnológica (especialmente la inteligencia artificial), que permite medir y anticipar mejor los riesgos; y una creciente presión social: los ahorradores quieren coherencia entre sus valores y sus decisiones financieras.

En este contexto, BeHappy Investments se ha consolidado como uno de los vehículos de referencia en inversión de impacto en España. Nacido en 2022, ha elevado su capital hasta tres millones de euros en 2025, con previsión de seguir creciendo en 2026. Nuestra tesis es clara: invertir en proyectos que generen rentabilidad y, al mismo tiempo, un impacto real y positivo.

Participamos en empresas que están transformando sectores completos. Healthy Minds, por ejemplo, impulsa la salud mental en las organizaciones con soluciones digitales que mejoran el bienestar emocional. Supercademy usa inteligencia artificial para democratizar la educación personalizada. Kibus Petcare combina tecnología y nutrición natural para cuidar mejor de las mascotas. Y Nina Woof promueve un consumo responsable a través de productos veganos y una cadena de producción ética. Son ejemplos de una tesis de inversión muy bien definida y en la que todas comparten una idea: que la innovación y la sostenibilidad no son opuestas, sino complementarias.

Pero el crecimiento trae también un desafío: la autenticidad

El término impacto empieza a ser tan usado como muchas veces mal entendido. La frontera entre lo que tiene efecto real y lo que se disfraza de sostenible es cada vez más fina. Por eso los fondos adoptan marcos internacionales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) o el Impact Management Project, que permiten medir con rigor y comparabilidad. La transparencia ya no es un valor añadido: es una exigencia.

La tecnología también está reconfigurando el sector. Herramientas de análisis predictivo, automatización o inteligencia artificial permiten identificar con más precisión proyectos con potencial financiero y social. En campos como la salud o la educación, esto significa algo tangible: reducir barreras, anticipar problemas y crear oportunidades donde antes no las había.

Quedan por delante muchos retos. Evitar el greenwashing. Mantener la rentabilidad sin diluir el propósito, asegurar que los proyectos miden lo que prometen. Pero el rumbo es claro: el capital puede (y debe) ser una herramienta de progreso.

El ahorro del futuro será más consciente, más participativo y más emocional. Los ciudadanos ya no quieren que su dinero solo les proteja: quieren que represente quiénes son y en qué creen.