La transferencia intergeneracional de riqueza (83 o 84 billones de euros cambiando de manos en las próximas décadas) está obligando a toda la banca privada a reinventarse. El nuevo cliente es más informado, más digital y más exigente. Ya no se conforma con rentabilidad, sino que demanda personalización y transparencia. Además, exige un asesoramiento que trascienda lo estrictamente financiero. Nacionales, especializadas e internacionales coinciden en el diagnóstico, pero despliegan estrategias propias para no perder el pulso a ese relevo.
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