Aunque el sector enfrenta una serie de retos operativos a medio plazo (como el préstamo de valores o T+1), el verdadero desafío estructural del negocio de depositaría se encuentra en cómo sostener un modelo intensivo en regulación y tecnología en un entorno de presión creciente sobre los márgenes. La ecuación es compleja: más obligaciones normativas, más exigencias de control, más inversión tecnológica y, al mismo tiempo, menor capacidad de trasladar esos costes al cliente final. El resultado es un modelo que obliga a repensar continuamente la eficiencia operativa.
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