Todos los intentos por aplazarlo son inútiles. Da igual cuadrar la agenda al detalle. Da igual planificar las tareas del día con esmero. Da igual conseguir cocinar algo la noche anterior para llevarlo en un 'tapper'. El momento en el que toca almorzar un sándwich delante del ordenador es inevitable para cualquiera que trabaje en una oficina. Principalmente, por cuestiones prácticas: es rápido, cómodo y no deja ni migas en la mesa y el teclado ni ninguna sensación de pesadez que impida seguir trabajando. Pero eso no quiere decir -no para los más afortunados, al menos- que haya que resignarse de camino a la máquina de 'vending'.
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