En un contexto de desaceleración económica mundial y de disminución de las exportaciones hacia los países desarrollados, China ha tenido la difícil tarea de mantener un ritmo de crecimiento constante al tiempo que hacía frente a una elevada tasa de inflación, una burbuja que inflaba el precio de los activos inmobiliarios y un creciente endeudamiento del país como consecuencia del paquete de estímulos puesto en marcha por el Gobierno a raíz de el colapso de Lehman Brothers.
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