Entre finales de 2015 y principios de 2016 se ha producido un periodo particularmente turbulento para los mercados mundiales, en el que hemos asistido a un fuerte aumento de la volatilidad, combinado con una búsqueda continua de beneficios en un entorno de baja rentabilidad. Todo ello ha empujado a los inversores institucionales fuera de su zona de confort; se han visto obligados a mejorar su diversificación y a replantearse su filosofía de inversión y su visión de las inversiones y de los presupuestos de riesgo, todo ello en un contexto de optimización en la asignación de activos.
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