Invertir en tiempos de incertidumbre

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cedida

TRUBUNA de William Tohmé, CFA, Director Regional Senior de CFA Institute EMEA, y Enrique Marazuela, CFA, CAd, Presidente de CFA Society Spain. Perteneciente a la serie Visión de Fondo del Profesional CFA.

La Gran Pandemia del COVID-19 ha provocado una auténtica derrota del mercado, con caídas de bolsas e inversores huyendo. Debemos recordar que la planificación financiera de un patrimonio es un proyecto de largo plazo.

Vivimos unos tiempos de incertidumbre sin precedentes, y todavía no se atisba la luz para los próximos meses. Sin embargo, la incertidumbre en las inversiones no es algo nuevo. Desafortunadamente y con demasiada frecuencia, los inversores se apresuran a reaccionar frente a los saltos de la volatilidad y finalizan en una peor situación de la que tenían previamente.

La razón es muy sencilla, los seres humanos no son, tal y como muchos modelos económicos asumen, sujetos puramente racionales. Los inversores, por encima de todo, son seres humanos. Y si nos miramos a nosotros mismos, veremos que nuestras decisiones distan muchas veces de ser puramente racionales.

En particular, los sesgos conductuales interfieren con la racionalidad de pensamiento de un inversor. Según las nuevas teorías de Behavioural Finance, el cuerpo de conocimiento en la frontera entre la psicología y las finanzas y que se ha denominado Finanzas Conductuales, los sesgos operan como una suerte de atajo cognitivo; se utilizan reglas preestablecidas para la toma de decisiones que permiten a las personas ahorrar tiempo y esfuerzo. No obstante, en el largo plazo y para decisiones complejas los efectos de esas reglas preestablecidas pueden no ser útiles.

Por ejemplo, cuando nos enfrentamos a un peligro reaccionamos huyendo. Pero salir del mercado cuando hemos incurrido en pérdidas no suele ser una buena idea, pues suele conducir a vender a precios bajos y a recomprar cuando las cotizaciones ya se han recuperado una vez que los mercados han rebotado.

Esta pandemia es principalmente una tragedia humana, con un elevado número de pérdida de vidas y sufrimientos por parte de las víctimas que han sobrevivido y de los familiares. Pero también conlleva el aspecto económico que hace sufrir a la Humanidad; sus consecuencias en pérdidas de puestos de trabajo, que trunca vidas e ilusiones. Y los peor preparados para capear estas tormentas económicas serán los que más se vean impactados, principalmente los trabajadores del sector servicios. La OIT estima en 25 millones las pérdidas de puestos de trabajo -mucho más que en la Gran Crisis Financiera que aconteció en la primera década de este siglo– con una pérdida de salarios de casi 3,5 billones de dólares (para ponerlo en contexto recordemos que el PIB estadounidense ascendió a 20,5 billones de dólares y que este representa un 25% del total mundial).

En esta pandemia, los mercados financieros pusieron precio al pánico; no se vio un día semejante al 12 de marzo desde el Lunes Negro de octubre de 1987, que pasó a los anales como uno de los peores días de la historia de los mercados. El índice Standard & Poor´s 500, el más popular de los Estados Unidos entre los inversores profesionales, cayó un 10% en esa fecha. Las acciones europeas tuvieron su peor evolución en un mismo día en toda su historia.

Las autoridades económicas han reaccionado con tempranos y contundentes paquetes de medidas tanto monetarias como fiscales. Pese a esta reacción gubernamental nos enfrentamos a un severo deterioro de la economía global. Malas noticias económicas suelen ser malas noticias para las cotizaciones de las acciones. Evidentemente, si una persona está en las proximidades de su jubilación y necesita su capital inmediatamente saldrá perjudicado, pero los inversores suelen tener horizontes de inversión mucho más largos y deberían, por lo tanto, estar mejor posicionados para poder capear este temporal.

Es cierto que, tras alcanzar máximos históricos en muchos casos, tanto índices como acciones, en febrero, las bolsas entraron en una senda bajista, entendiendo que esta tiene lugar cuando hay una caída de más del 20% desde los máximos. Goldman Sachs ha analizado los datos de las bolsas desde 1800 y ha llegó a la conclusión de que los mercados bajistas causados por eventos, como puede ser el actual porque viene de un factor exógeno como es una pandemia, tienen una caída promedio del 29% -este llegó a un 34%- y un periodo recuperación, esto es cuando se alcanzan las cotas máximas dejadas atrás, de 15 meses (1). El reciente y contundente rebote puede hacernos pensar que ese análisis no está tan lejos de la realidad.

En el ínterin, algunas compañías, las menos, se hundirán y se perderán puestos de trabajo. Y evidentemente tendremos una recesión este año que provocará que los inversores no cobren todos los dividendos que esperaban durante un tiempo. No olvidemos que los dividendos son el principal componente del valor de una acción y que este valor no viene determinado solo por los cobros de los más próximos en el tiempo, sino por la perpetuidad de los mismos.

Aquellos que tienen una visión de largo plazo saben que los mercados corrigen, no con regularidad, pero sí con recurrencia. Y como nadie puede predecir el mercado, desarrollar un plan financiero y mantenerse fiel al mismo, con aportaciones regulares en el tiempo, es la mejor manera de que los inversores logren sus metas y objetivos de largo plazo.

Sería bueno destacar que a medida que el riesgo ha ido reduciéndose, algunos algoritmos cuantitativos, en los que los sentimientos humanos no tienen lugar, han estado comprando acciones a la vista del considerable potencial de revalorización en el mercado para aquellos dispuestos a tomar riesgo y a dejar de lado sus sesgos conductuales.

El legendario maestro de inversores, Benjamin Graham, más conocido por el hecho de que Warren Buffett fuera su alumno que por sí mismo, decía que el principal problema del inversor, e incluso su peor enemigo, era él mismo. Si bien Graham hizo su comentario mucho antes de que aparecieran los estudios de Behavioural Finance, su visión es el testimonio de un rasgo humano fundamental: muchas veces pensamos con nuestro corazón más que con nuestra cabeza.