La obligación de toda inversión, además de intentar rentar en positivo, debe ser la de batir a un enemigo que se come el poder adquisitivo de nuestro patrimonio: la inflación. Si el crecimiento continuado del precio de los bienes y servicios con los que medimos el valor de nuestro patrimonio es nulo, entonces no existe enemigo contra quien luchar y, por tanto, nuestra exigencia en el rendimiento nominal alcanzado por nuestra inversión deberá ser claramente menor.
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