Si un inversor particular acudiera a su sucursal bancaria habitual y le dijera a su gestor comercial que quiere comprar acciones de una pequeña compañía brasileña o un bono de una empresa japonesa es muy probable que lo que consiga a cambio sea una sonrisa. Esta sonrisa puede tener dos connotaciones. La primera puede ser nerviosa porque el empleado de la sucursal no sepa de qué le está hablando. La segunda, puede ser de resignación porque, a pesar de que sí sepa de qué le están hablando, también sabe que las dificultades operativas que suponen esas inversiones hacen que sean casi inviables desde una pequeña sucursal de barrio.
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