COLABORACIÓN de Gonzalo Tradacete Gallart, CFA, miembro del Comité de Inversiones Alternativas de CFA Society Spain y fundador y CEO de Faraday Venture Partners.
¿Quién no se ha sorprendido, o incluso emocionado, al ver las capacidades actuales de la Inteligencia Artificial y su rápido desarrollo? ¿Quién no se ha asustado al pensar, entre otros, en la posible destrucción de empleo en el corto plazo que puede conllevar? Y, sobre todo, ¿quién sabe cómo va a cambiar nuestro entorno profesional y personal por la influencia de esta tecnología en los próximos años?
Esta última pregunta es de vital importancia, y en particular para un inversor especialista en empresas incipientes y en nuevas tecnologías como es el Venture Capital. Lo cierto es que, gracias a la IA, el coste de crear empresas está cayendo drásticamente. Y aumentando su replicabilidad. Desde programación, por supuesto, hasta atención al cliente, pasando por diseño, marketing y cada día más áreas de la actividad empresarial. Esto podría ser buena noticia para los emprendedores, que podrán crear y desarrollar sus Startups con menor inversión, pero enfrentándose eso sí a mayor competencia, aunque no tiene por qué ser necesariamente una buena noticia para los inversores.
Cuando la tecnología se democratiza y construir una empresa es cada vez más barato, ¿cómo tiene que adaptarse el inversor? Si la IA cambia la economía de las Startups, ¿debería cambiar la economía de los fondos de Venture Capital?
La estructura clásica de un fondo de Venture Capital consiste en un periodo de inversión de 4-6 años, durante el que se invierte en empresas jóvenes y ambiciosas que necesitan recursos, y un periodo de desinversión de otros 4-6 años, durante el que maduran y se buscan compradores estratégicos para su venta. Los fondos cuentan así con un periodo de 6 a 10 años desde su primera inversión en una empresa, que normalmente acompañan de varias inversiones de seguimiento en las mejores participadas, en el que las empresas construyen un producto, equipo, red de clientes y relaciones. Una cultura. Un periodo considerado mínimo necesario para crear valor y demostrar un crecimiento en facturación y beneficios que permita vender la empresa, o al menos la participación del fondo de Venture Capital, a una valoración significativamente superior a la valoración a la que se invirtió inicialmente.
Pero si hay más replicabilidad y más competencia gracias a un menor coste, las empresas pueden volverse más efímeras. Pueden crecer muy rápido con pocos recursos, pero otros emprendedores querrán aprovechar la oportunidad, y cada vez lo podrán hacer con mayor rapidez y a menor coste, lo que reducirá el tamaño de la oportunidad de mercado por empresa. Mantengamos en mente que sigue sin haber más clientes, es decir humanos o empresas pertenecientes a humanos que compran productos o servicios. La innovación genera monopolios temporales y beneficios extraordinarios, pero esos beneficios atraen imitadores que terminan erosionándolos. Este es el concepto de “destrucción creativa” promulgado por economistas neoclásicos como Joseph Schumpeter. Y la IA no lo va a cambiar… lo acelera y potencia.
En este contexto, dos aspectos fundamentales de la estructura de los fondos de Venture Capital pueden verse alterados: el tamaño y la duración.
No siendo necesaria una inversión tan importante en los inicios de la empresa ni en su desarrollo, los fondos de gran envergadura dejan de ser tan necesarios. Puede resultar difícil desplegar capital de manera eficiente y con expectativas de alta rentabilidad en empresas que necesitan poco dinero o que operan en mercados muy saturados. O que pueden saturarse pronto, gracias precisamente a la IA. El dinero gestionado es sin embargo el principal driver del negocio de los fondos, ya que cobran una comisión de gestión sobre este dinero, por lo que muchos mega-fondos deberían reducir drásticamente su envergadura, lo cual es siempre difícil.
En cuanto a la duración, posiblemente estructuras de 8-10 años dejen de tener sentido para un número significativo de inversiones en Startups. La naturaleza más efímera de las oportunidades, pero de gran rentabilidad potencial en el corto plazo, podría animar al lanzamiento de acuerdos y estructuras de inversión con los que maximizar reparto de beneficios en el corto y medio plazos, tipo “Revenue-Based Financing”. Así, se podrían desplegar estructuras que simplemente cedan al inversor parte de los ingresos o beneficios de la empresa durante un tiempo, y dentro de unos límites, que permitan alinear la naturaleza de las empresas con la de los fondos y el valor que esta relación puede permitir crear y capturar.
En cualquier caso, algo está cambiando… y no sólo debemos adaptar nuestros análisis y entender los riesgos y oportunidades a los que se enfrentan nuevos proyectos empresariales, estén o no basadas en IA sus propuestas de valor. Debemos adaptar nuestras estructuras de inversión para sacar el máximo provecho de la relación empresario-inversor, que seguirá siendo tan necesaria y humana como la curiosidad o la ambición.
Y si en algo somos buenos los humanos es precisamente en saber adaptarnos.











