El inmobiliario europeo entra en una nueva fase marcada por el encarecimiento estructural de la financiación y la menor visibilidad sobre los flujos. En este contexto, el riesgo se desplaza desde el acceso al capital hacia la capacidad de los emisores para sostener sus estructuras financieras, lo que está acelerando la divergencia entre activos y perfiles de crédito dentro del sector.
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