Durante los últimos años, la banca ha ido reduciendo determinadas actividades de préstamo como consecuencia del endurecimiento regulatorio y de unas condiciones de mercado más exigentes. Normativas como Basilea III, que imponen mayores requisitos de capital y contabilidad, han limitado la capacidad de las entidades financieras para conceder crédito. Este repliegue ha abierto la puerta a formas alternativas de financiación, más flexibles y con menores restricciones.
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